Estaba por ahí rodando y dije ¡PA MÍ!

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El Artífice

Quema tu pluma,

pues la onda del tiempo

no conservará lo que escribes.

Borra los cómo y los por qué

de la tablilla de tu corazón.

Pues con ellos no alumbrarás

el Sol del esplendor verdadero.

¡Sería locura tu llamada!

¡Eres menos que un átomo!

Gloria al Creador que, cada noche,

retira el velo azul del cielo

de la frente de las estrellas.

Del cubilete áureo del crepúsculo

saca las bolas de los astros

para que iluminen esa esfera de los cielos.

La noche provoca la risa de los cielos.

Muestra su dentadura de luces

como un negro que cae de espaldas

dejando ver todos sus blancos dientes.

Otorga al firmamento la Luna nueva

para pulir y destacar los astros

como si fueran espejos.

Bajo el pie del corcel de la tarde

extiende el satén del crepúsculo.

En el cielo del Sol matinal

desfila el céfiro resplandeciente.

Diríase que el Sol ha vertido,

sobre la Vía Lactea,

polvo de átomos hechos de coral y ámbar.

(Attar de Nichapur, Diwán, s. XII)

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