Troya
Mi Troya, claro, estaba allí,
aunque los demás decían: No.
Homero el ciego ha muerto. Sus mitos
no tienen donde ir. No caves. Deja ya.
Pero entonces urdí un modo
de reparar mi alma de barro
o morir.
Yo conocía mi Troya.
La gente me advertía: es puro cuento,
nada más.
Yo soportaba la advertencia, sonriendo,
mientras mi pala no dejaba de hurgar
en los claroscuros del jardín de Homero.
¡Dioses! ¡Qué importa!, gritaban los amigos.
¡Si el tonto de Homero era ciego!
¿Cómo va a enseñarte
ruinas que no fueron nunca?
Es cierto, decía yo. Él habla. Yo oigo. Es cierto.
Desdeñado el consejo,
cavaba cuando me daban la espalda
pues desde los ocho años lo sabía:
mi destino era fatídico, decían.
¡El mundo se iba a acabar!
Aquel día tuve pánico, creí
que ni ellos ni tú ni yo
veríamos el siguiente amanecer
_pero ese amanecer llegó_.
Avergonzado lo vi, me recordé vacilar
y me pregunté qué pretendían
los mentores de la Fatalidad.
Desde entonces guardo una dicha íntima
y no les dejo ver
mi Troya que está enterrada;
pues si la vieran, qué burlas,
qué escarnio, qué bromas:
para todos esos tipos
mi Ciudad quedó sellada;
y a medida que fui creciendo,
he cavado cada día. ¿Qué encontré
para dar como regalo al viejo Homero,
el ciego?
No una Troya, sino diez
¿Diez Troyas? ¡Dos veces diez! ¡Tres docenas!
¡Prima cada una más rica,
esplendorosa, excelente!
Todas de mi carne y sangre
y cada una verdadera.
¿Qué significa esto, pues?
¡Desentierra la Troya que escondes!
(Ray Bradbury)